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Sudando bajo cero y temblando a 40.
Grados.

Que rompían el termómetro y la escuadra, o el vaso, con hielo, doble.

Noventa.
El ángulo de su cintura sobre la mía.
Una copa de absenta
y el fin de la guerra fría.
Cuando el 0 absoluto existe.
y en el me hielo
si me alejo de su piel
jugando al ahorcado
donde siempre pierdo
esperando la flecha
que me derribe
de su tejado.

Calmando en un segundo
mis quemaduras del tercero
que nacieron en su cuarto
desde el primer momento.

Sus grados. En mi boca, en mis manos, en mi cuerpo, o en el suyo. Dentro.
Y el de fusión al que llego cuando me corro bajo su sonrisa.
Y después del invierno, primavera.
El tercer grado.

Y grados, que me hicieron perder el norte.

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