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Yo lo sabía, lo miraba y descubría en sus ojos esa mirada asesina que no podía ocultarme, había visto más miradas así, muchas veces esa muesca de placer ante lo grotesco, ante lo sangriento, había hecho un buen papel, pero a mi no me engañaba. Había sido testigo de un crimen y lloró ante los agentes y entre sollozos comentó lo que había visto, no me lo creo, no ha podido ser así, no… su mirada lo delata.
Lo había visto mucha veces antes, lo había visto cientos de veces, en cárceles, en juicios, por la calle, esa cara de psicópata no se puede ocultar aunque la juventud empañe tus facciones. No podía dormir, soñaba una y otra vez con los hechos de ese crimen, lo que él había relatado. La madre había sido apuñalada por la espalda y el padre había sido derribado a golpes al suelo con un bate de béisbol y aporreado una y otra vez hasta desfigurarle el cuerpo.
El odio en su sonrisa era inconfundible, había sido él… un niño. Un niño que conmovió a los agentes con su historia falsa y sus lágrimas de cocodrilo. Ahora está suelto, entre otros niños, un asesino sin sentimientos, un niño de 11 años.

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