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Dos desconocidos, conocidos, y una estación de tren.

 

Una pequeña multitud caminaba apresurada en todas las direcciones pendientes de un reloj, era algo constante, un latido, un largo latido que cada pocos minutos dejaba nueva gente en el único andén de una estación de paso. Para los que marchaban era una ciudad pequeña, para quienes llegaban un pueblo grande.

A esa hora, en aquel andén, se podía saborear la alegría de los que llegan viendo por fin a quien le espera, la pena de los que se van y la tristeza también de los que se quedan.

Convirtiendo ese lugar en algo bonito…

…convirtiéndolo también en una auténtica mierda.

 

 

Apenas hace ruido alguno la gota, salada, cuando se estrella y muere contra el suelo. Y a la primera pisada desaparece.

y parece,

que, por eso,

ya no duele.

 

Y las sonrisas rompen el silencio y se alzan sobre el ruido, y explotan, sin morir, contagiando también al que mira.

y parece,

que, por eso,

nunca duelen.

 

 

Un hombre y una mujer se sentaban inquietos. Sus ganas de que el tren llegase al andén podían compararse.

Él, con cara triste,

ella, con una sonrisa,

y pasaban los minutos.

 

Él disfrutaba de su mirada perdida, caras desconocidas y pequeños detalles le hacían perderse en historias inventadas. Y de pronto, a pocos metros, en un despiste, pudo ver el diminuto tsunami que provocó una simple gota.

y un océano,

diminuto,

evaporándose.

 

Y sin quererlo, la envidia, lo invadió. Esa pequeña lágrima había sido fruto del pestañeo que siguió a la despedida de unos ojos marrones, después de ver a su deseo, agitando por última vez la mano tras un cristal.

y la cara triste.

de él.

se esfumó y nació una sonrisa.

 

En el exterior, el cristal se encontraba mojado, por la lluvia. Las gotas hacían carreras deslizándose, dibujando curvas, y ella se dejaba llevar, evitando pensar. Sólo esperando.

El estruendo que provocó una sonrisa evito que su mente continuara perdida en el silencio y que de pronto prestara, toda, toda, toda, su atención, a unos labios rosados, que habían dibujado una sonrisa, al mirar que, tras sólo un cristal, se encontraba su deseo, dando saltos al verlo, de alegría.

la sonrisa,

de ella,

se esfumó y se hundió en tristeza.

 

Y las yemas de sus dedos.

repasaban la curva

en la ventana,

de un corazón

 

Él llevaba tiempo buscándola, y la tenía a pocos metros. Ella, se moría de ganas de encontrarlo a él. Un hombre y una mujer ardían por comenzar su historia, de compartir, de morir, y de despertar y pelear juntos por quererse más cada día. De vivirse.

 

El tren al fin se detuvo, y deseándose, se levantaron de su asiento, y paso a paso se dirigieron a la puerta del tren, que en ese momento comenzaba a abrirse.

Al abrirse la puerta, se encontraron de frente. Sus ojos se cruzaron y…

… locos,

los dos,

idiotas,

se enamoraron.

 

Le ofreció la mano para ayudarla a bajar, puesto que ella venía cargada, tanto, que sin darse cuenta, se había olvidado algo en su asiento. Notó el calor de su mano, y el dulce tono de su voz al emitir nada más que una palabra.

-Gracias.

 

 

Lo primero que compartieron fue el asiento 98

Un libro olvidado.

Un corazón en la ventana.

Y un océano

Despertándose.

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