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A veces una frase te revuelve las tripas y tu cabeza coquetea con la idea de escribir unos párrafos. En este caso la sombra del dramaturgo inglés John Dryden emergió de unos de sus textos y nació la idea de estas palabras unidas formando esta carta.

Al pequeño Kim

Todavía tenía el cuerpo herido, el cansancio sobre sus párpados hacía evidente que no había descansado bien. Los grandes paseos durante la noche se sucedían en los últimos meses, cada vez más urgentes, necesarios. Todavía tenía el cuerpo maltratado por el frío y había perdido su tono natural y sus dedos mostraban un aspecto desfigurado, la pérdida de peso y el color pálido acentuaban sus venas, le dolían cuando durante la noche arrastraba la mano por la arena durante minutos, acariciándola. La oscuridad de la noche, y el silencio sólo fracturado por el morir de las olas parecían acentuar sus sentidos.

Su mente volaba rápida y tan pronto como daba sentido a cosas importantes derivaba asustada como si el rugido el mar, con sus golpes, guiara su rumbo. La arena seguía paseando entre sus dedos, huyendo movida por la gravedad, de nuevo hacia su lugar, el límite del oceano.


Ahí estaba, mantenian otra vez una de esas conversaciones vacías y dejó de prestar atención a sus palabras, el tiempo pasaba y la mente divagaba, se encontró desnudándola.
El tiempo había pasado, pero disfrutó de su atractivo una vez más. Su pensamiento jugaba entre sus lunares, dibujándolos, haciéndolos salir de la memoria una vez más. Recordó el sabor de su piel y se le entrecerraron los ojos, no pudo evitar que una sonrisa se escapara fugitiva de su boca, mostrando sin querer el blanco de sus dientes.

– ¿En qué piensas? – Preguntó ella.
El gesto de felicidad que le había delatado se esfumó, y se limitó a no responder. Sabía que la había desnudado por última vez.
– ¿Vamos a dormir? – Dudó la mujer. En ese momento él la volvió a ver vestida, lejana, extraña.
– Sí – Se levantó, buscó el lavabo con gestos automáticos y arrastrando los pies, se lavó, buscó una toalla y disfrutó por un segundo del frío en la cara. Observó como el agua corría y escapaba por un laberinto de tuberías, movidad por la gravedad hacia el oceano.

“Todo acaba en agua salada, sudor, lágrimas, o el mar”

Sintió sudores fríos, y en ese momento vió caer una lágrima, siguió su recorrido por la fría cerámica y vió como, parándose en el borde a modo de despedida, desapareció.

Otra sonrisa, distinta esta vez apareció en su rostro y se acostó junto a ella. Adoraba abrazalarla. Cómo todas las noches, se arrimó mucho a ella, buscando el calor de su piel, hacía tiempo que no lo encontraba, pero como cada noche, luchó por sentir un calor olvidado sobre su cuerpo insensible. Tenía frío. Tenía miedo. Y dejó que la noche, al igual que el tacto de la arena, se deslizara gélido apagando su mente.

Caminaba de nuevo, sin rumbo, con una pequeña mochila. Una simulada sonrisa se esbozaba en su imagen y melancónico hizo un esfuerzo por no arrastrar su piernas, ahora demasiado pesadas.
La había desnudado por última vez, y uno a uno, día tras día, se irían borrando los lunares de su memoria. Un escalofrío golpeó con fuerza y por un momento se quedó sin aliento. Haciendo un esfuerzo se incorporó con un paso, y luego otro, incorporándose, negándose a flexionarse frente a la vida. Y de frente encontró su imagen. Todavía tenía el cuerpo herido, el cansancio sobre sus párpados hacía evidente que no había descansado bien.


Estoy un poco lastimado pero no estoy muerto. Me recostaré para sangrar un rato. Luego me levantaré a pelear de nuevo. John Dryden

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